Saturday, January 07, 2006

Más odio que amor

Fuente: laverdad.es (R. M. MAÑUECO/MOSCÚ)

Las relaciones de Rusia con los países de lo que considera su patio trasero o zona de influencia, delimitada por las antiguas fronteras soviéticas, son muy desiguales. Desde idilios con promesa de matrimonio a corto plazo, como sucede con la totalitaria Bielorrusia, hasta traumáticos divorcios, con lanzamiento de trastos a la cabeza incluido, como se está viendo en el caso de Ucrania.El Kremlin considera fieles aliados a Bielorrusia, Kazajstán, Tayikistán y Armenia. Se acaba de reconciliar con Uzbekistán, soporta más o menos a Azerbaiyán, Kirguistán y Turkmenistán, pero mantiene relaciones muy tensas con Estonia, Letonia, Lituania, Ucrania, Moldavia y Georgia.La Comunidad de Estados Independientes (CEI), creada tras la desintegración de la URSS por todas las antiguas repúblicas soviéticas salvo las bálticas, nunca cuajó. La última deserción, hace unos meses, fue la de Turkmenistán, una grotesca dictadura en el corazón de Asia, la única de la zona con la que Moscú no simpatiza aunque ahora desee el deshielo. El núcleo duro lo constituyen Rusia, Bielorrusia, Armenia, Kazajstán, Tayikistán y Kirguistán en lo que se denomina Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (ODKB), una alianza militar de carácter defensivo, según reza en la declaración fundacional. Tras la 'revolución de los tulipanes', la pasada primavera, la participación de Kirguistán en el grupo se cuestionó, pero Bishkek, no sólo garantizó a Moscú la permanencia de su base aérea en Kant, sino que ha aceptado una duplicación de sus efectivos.Al Tratado de Seguridad Colectiva se unirá pronto Uzbekistán, el hijo pródigo. Su presidente, Islam Karímov, otro tirano ex comunista, estuvo dando la espalda a Moscú durante una década, coqueteando con EE UU, a cuyas tropas permitió instalar bases. Ahora están siendo desmanteladas y podrían pasar a manos de Rusia. Y es que el aislamiento internacional por la matanza de Andiyán ha obligado a Karímov a echarse en los brazos de Putin. Rusia y Bielorrusia, el único país de la CEI al que Gazprom no ha subido el precio del gas, tienen previsto este año llevar a término un viejo proyecto de 'unión' que lleva años estancado. En cuanto a Kazajstán, su enorme frontera con Rusia, la mayor del mundo, y el cosmódromo de Baikonur le convierte en un aliado clave para el Kremlin. Su presidente, Nursultán Nazarbáyev, tampoco se puede decir que sea un demócrata ejemplar. Tayikistán cobra importancia para Rusia por su frontera con Afganistán, así como Armenia, su principal aliado al sur del Cáucaso. Las bases que Rusia está retirando de Georgia se están desplegando en Armenia. Con Azerbaiyán, las relaciones fueron siempre difíciles debido al conflicto de Nagorno Karabaj. Rusia apoyó a los armenios aunque ahora promueve una solución negociada. La construcción del oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhán y el gaseoducto Bakú-Tiflis-Erzurum, que evitan Rusia al pasar a través de Georgia y Turquía, empeoró aún más las cosas. Bakú mantiene además unas relaciones muy estrechas con Washington. Aún así, sus contactos han mejorado en los últimos meses.Finalmente, está el grupo de los 'apestados'. Las relaciones de Rusia con Moldavia, Georgia y Ucrania se envenenaron por las recientes revoluciones y el apoyo del Kremlin a los separatistas de Abjasia, Osetia del Sur y Trasdniester. Estonia, Letonia y Lituania, miembros ahora de la UE, tampoco se entienden con la antigua metrópoli. La decisión de Gazprom de tender un gaseoducto a Alemania a través del mar, esquivando esas tres repúblicas bálticas y Polonia, ha causado indignación. Moscú, por su parte, acusa a Estonia y Letonia de discriminar a la minoría rusa.

Por Turquía, por Europa

Fuente: abc.es

FINALMENTE Turquía está negociando con la Comisión Europea los términos de su posible adhesión a la Unión Europa. Pero que «posible» se convierta en «futura» sigue siendo una pregunta muy abierta. En efecto, es probable que cerrar las negociaciones resulte tan difícil como la decisión de iniciarlas. Recordemos que Turquía presentó su primera solicitud de adhesión en 1959, y que desde 1963 la Comunidad Económica Europea, precursora de la actual UE, respondió con una táctica dilatoria: pidieron un acuerdo aduanal. Al mismo tiempo, puesto que nunca se le contestó que no -y después de recibir varias señales que indicaban que tal vez algún día llegaría a ser miembro-, las expectativas turcas en cuanto a una futura integración a la UE se hicieron cada vez más palpables.Pero los europeos comunes y corrientes han empezado a consultar los mapas, y la geografía que ven no se puede negar: el 95 por ciento del territorio de Turquía y el 80 por ciento de su población están en Asia. Como resultado, el debate intenso y encendido -en Turquía y con mucho más fuerza en la UE- sobre si ese país pertenece realmente a Europa ha seguido, a pesar de que las negociaciones ya hayan comenzado.Por supuesto, la pregunta de la identidad europea de Turquía no se puede contestar con lecciones de geografía. Al menos la mitad de la producción teatral y filosófica griega proviene de Asia Menor. Los primeros viajes de evangelización de San Pedro y San Pablo fueron a Turquía. Posteriormente, la Turquía otomana fue considerada durante siglos como parte del «concierto europeo», y fue indispensable para definir y garantizar el equilibrio estratégico entre las grandes potencias del continente europeo.Con todo, estas evidencias históricas no son suficientes para crear un sentimiento europeo unificado en favor de la adhesión de Turquía a la UE. Al contrario, «la cuestión turca» se resolverá sobre la base de las preocupaciones políticas actuales en cuanto al futuro. Afortunadamente, esa cuestión no se decidió de manera prematura y perentoria: sólo se permitió que diera comienzo, mediante la apertura de las negociaciones, el proceso que habrá de conducir a una solución definitiva.Las pláticas sobre la adhesión tendrán que ser largas y arduas, entre otras cosas porque adoptar el acquis communautaire (el cuerpo legislativo de la UE) requerirá que Turquía integre alrededor de 10.000 páginas de texto a su legislación. Sin embargo, parece que hay buenas posibilidades de tener éxito. Pero Turquía asusta a incontables europeos. Con una población actual de 67 millones de personas, y que llegará a los 80 millones en veinte años y a 100 millones en 2050, está destinada a convertirse en la más poblada de todas las naciones europeas. También es un país musulmán muy pobre. Es cierto que algunos países de Europa, sobre todo Alemania y Austria, han aceptado flujos importantes de inmigración turca. Pero los inmigrantes han sido en su mayoría campesinos pobres de Anatolia, cuya integración ha sido difícil. En contraste, la numerosa comunidad secular intelectual de Turquía, cuyos antecedentes culturales son europeos y de donde proviene la mayoría de los ejecutivos del Estado turco, ha permanecido en Estambul y Ankara.Así, Europa teme la perspectiva de una mayor inmigración de turcos, para los que es casi imposible asimilarse. Por el momento, esa inmigración se ha detenido casi por completo, debido al rápido crecimiento económico -de hecho, el más rápido de Europa- de los últimos años, que está absorbiendo la mano de obra disponible en el país y ha cortado el flujo de emigrantes. Sin embargo, persiste el temor de que la adhesión a la Unión desencadenará una nueva oleada humana.Los temores económicos no son la única preocupación de los ciudadanos de la UE. Turquía fue el teatro de una violencia excepcional en el siglo XX: su participación en la Primera Guerra Mundial alimentó el odio y masacres gigantescas, y el genocidio de los armenios fue el último espasmo de la brutal muerte del Imperio Otomano. Además, si bien Kemal Ataturk restableció el orgullo nacional turco al crear la República secular, su legado tiene tanto de bueno como de malo, ya que incluye tanto la fuerte atracción de Turquía hacia Occidente como la militarización de la vida pública. Esto último explica en gran medida la actitud represiva hacia la libre expresión y las opiniones independientes que ha caracterizado a gran parte de la vida pública turca, una camisa de fuerza que deja poco margen para entablar negociaciones verdaderas con los inquietos kurdos o para resolver la división de Chipre.Pero las aspiraciones de Turquía de ingresar en la UE han significado que ahora se vea forzada a desmilitarizar su democracia y a llegar a acuerdos negociados y pacíficos con todos sus vecinos y socios futuros, armenios, kurdos y chipriotas. De esta manera, si Europa logra superar sus temores y dudas y se abre para recibir a un Estado musulmán poderoso, consolidará la paz en una de las regiones más peligrosas del mundo. En efecto, al integrar a Turquía, Europa demostraría que no es un club cristiano, que el supuesto «choque de las civilizaciones» no tiene por qué ser fatal y que el proyecto europeo, nacido de un deseo de reconciliación y de la necesidad de promover el desarrollo, puede distribuir sus beneficios mucho más allá de la mitad occidental del continente. Al abrirse a Turquía, Europa comenzaría por fin a desempeñar el papel que le corresponde en lo que se refiere a encarar los retos políticos más duros de la actualidad.
© Project Syndicate, 2005

Pamuk: contra el olvido

Una voz que exige respeto a los derechos humanos
fuente(www.diariolavoz.net)

El escritor más reconocido de Turquía no es bien visto por los grupos ultraconservadores y contra él se abrieron dos juicios penales Orhan Pamuk es el escritor más reconocido de Turquía. También una voz que exige respeto a los derechos humanos y la plena democracia en su país. Por eso no es bien visto por los grupos ultraconservadores. El año pasado se iniciaron contra él dos juicios penales acusado de ''insultar la República Turca y la identidad nacional".
El primero en octubre, porque Pamuk declaró a un diario suizo que era incuestionable la existencia del genocidio de más de un millón de armenios hace 90 años bajo el imperio otomano. ''Ellos murieron en esta tierra, pero nadie se atreve a decirlo", apuntó.
También dijo que no debía soslayarse la muerte de más de 30 mil kurdos durante las dos décadas anteriores a manos de las fuerzas armadas turcas. El segundo juicio es porque en diciembre último dijo al diario alemán Die Welt que el ejército era la principal amenaza para el desarrollo de la democracia en su país.
Mientras el primer juicio, promovido por un grupo de abogados que se define como ''nacionalista", se reanudará el próximo mes, el segundo fue archivado por la fiscalía de Estambul, que no encontró motivos para enjuiciarlo pues, sostuvo en su veredicto, ''lo único que hizo el escritor fue ejercer su derecho a la libertad de expresión".
En cambio, el primer proceso ha puesto en peligro las negociaciones para la adhesión de Turquía a la Unión Europea (UE), que comenzaron hace tres meses. El genocidio armenio no sólo fue de una crueldad extrema, sino que las potencias de entonces lo permitieron con su silencio por intereses geopolíticos.
Desde siempre, los armenios han exigido que Turquía reconozca su responsabilidad. A su petición se suman los países europeos, encabezados notablemente por Francia. Igualmente se ha buscado que sobre el asunto se manifieste la Organización de las Naciones Unidas, pero sin éxito. El mayor obstáculo para reconocer lo que pasó y condenar esa matanza de miles de inocentes reside en el gobierno turco, y en especial su ejército, pero también que Estados Unidos bloquea cualquier iniciativa en la ONU sobre el asunto, porque no quiere incomodar a su fiel aliado militar y económico, a su punta de lanza en Medio Oriente. No debe olvidarse que en el territorio de Turquía el guardián del universo tiene emplazadas importantes bases de misiles.
Considerado por la crítica literaria como serio aspirante al Nobel de literatura, Pamuk, de 53 años, es el escritor turco más leído y traducido, en especial su novela Mi nombre es rojo y nieve. Pero no es el único que sufre persecución por expresar sus ideas y la necesidad de reconocer el genocidio: el director y tres periodistas del semanario Agos también pueden ser condenados a prisión si prospera la denuncia contra ellos por ''traición a la patria".
Sondeos de opiniónentre ciudadanos de Francia, Alemania, Holanda, Bélgica y Suecia reiteran la exigencia de que Turquía reconozca y pida perdón por el genocidio contra el pueblo armenio si es que alguna vez quiere formar parte de la UE.